Me levanté, la abracé y le di un beso

 
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 Me levanté, la abracé y le di un beso


07 noviembre 2021

– Domingo, me levanté despacito y levanté la persiana hasta la altura de la vista. Parecía un día normal y las vistas hacia el mundo exterior parecían estar de acuerdo conmigo: hoy debiera ser un día especial, pero no sé, yo no soy, ni Neruda, ni su Cóndor:

El cóndor, de Pablo Neruda

Yo soy el cóndor, vuelo
sobre ti que caminas
y de pronto en un ruedo
de viento, pluma, garras,
te asalto y te levanto
en un ciclón silbante
de huracanado frío.

Y a mi torre de nieve,
a mi guarida negra
te llevo y sola vives,
y te llenas de plumas
y vuelas sobre el mundo,
inmóvil, en la altura.

Hembra cóndor, saltemos
sobre esta presa roja,
desgarremos la vida
que pasa palpitando
y levantemos juntos
nuestro vuelo salvaje.

– Intentando evitarme, encendí la radio. Una voz me recuerda una de las menos conocidas frases de Virginia Woolf la cual pronunció cuando le preguntaron que deberían hacer las mujeres para evitar la guerra: “no repetir nunca las frases que pronuncian los hombres”.

– Luego, tras esa gran cita, contaba esa voz que emergía de la radio, que le preguntaron a la Woolf que debería tener una mujer para poder escribir una novela y ella les contestó…: “Para escribir una novela, una mujer tiene que tener un cuarto propio y comida caliente”.

– Apagué la radio y seguí andando, lentamente por la casa hasta llegar al rincón del olvido, mi rincón.

– Me asomé a la balconada que da al jardín y no había casi nadie; niños desmontando las papeleras y sacando las piedrecitas de las jardineras y esparciéndolas por el paso peatonal; viejos haciendo sus vertiginosos paseos terapéuticos matinales; algún jardinero; una chica de la limpieza vestida con sus sugerentes leggins y el conserje intentando averiguar dónde está el marido de Juani que a esta hora de la madrugada aún no ha vuelto, pues su coche no está en el garaje.

– Me senté y me puse buscar en mi vieja libreta donde guardo las citas de algunos personajes ilustres y … entonces vi que Ella se acercaba a verme y me acordé de una de esas frases que siempre me contaba mi Madre intentando aclarar mis dudas de pubertad, cuando me sentaba a hacer mis deberes en su cuarto de trabajo, donde Ella hacía y cosía camisas de todo tipo, según encargos: “El más difícil no es el primer beso, hijo, sino el último.”

– Me levanté, la abracé y le di un beso. Me miró, sonrió y me dijo: “Lo sé, te estás acordando de tu Madre”, y se quedó ahí, abrazada a mi todo el tiempo que duró ese emocionante recuerdo.



Fuente: etfreixes.blogspot.com
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