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Cuando creíamos que ya nada nos asombraría; que todo estaba dicho en materia de maldad e insensibilidad humana, aparece en titulares la escabrosa noticia de la existencia de esclavos en el siglo XXI. “…Estudios recientes muestran que existen 27 millones de esclavos en el mundo, más que nunca en la historia de la humanidad…”. Y lo afirma la ONG Norteamericana Free The Slaves (Salve a los Esclavos): “En una investigación de la ONG estadounidense Free The Slaves (Salve a los Esclavos) publicada por Kevin Bales, estima que en el mundo hay 27 millones de personas en condiciones de esclavitud. Un dato insólito porque nunca antes en la historia se había alcanzado esta cifra”.



Para el investigador Bales “la esclavitud ha existido por miles de años, pero los cambios en la economía mundial y las sociedades en los últimos 50 años han alentado el resurgir de esta condición”. No es Dios quien nos rige, es la moral de una economía que hace del hombre un simple productor de bienes y objetos para el gran capitalismo mundial. De acuerdo al informe de Salve a los Esclavos “En 1850 un esclavo costaba en promedio el equivalente a 40 mil dólares actuales; hoy el costo es de 90 dólares por esclavo”. La explicación es sencilla: “En aquella época era difícil capturar una persona y transportarla a distintas partes del mundo. Ahora hay millones de vulnerados económica y socialmente, fáciles de someter…”. Y son cientos y miles las personas que debido a la guerra fomentada por las grandes multinacionales se ofrecen voluntariamente a una esclavitud vitalicia; y se ofrecen barato, a cambio de un plato de sopa o de una desvencijada pieza donde arrimar sus miserables huesos.
Bien lo expresaba Tolstoi: “El dinero es una nueva forma de esclavitud, que sólo se distingue de la antigua por el hecho de que es impersonal, de que no existe una relación humana entre amo y esclavo”. Hace mucho también lo sentenció Karl Barth: “Los teólogos deben leer la Biblia, pero también los periódicos”, y como lo expresa la misma ONG, “Tanta oferta hace que sean mano de obra barata, y no sean considerados una inversión para cuidar. Si el esclavo se enferma o se lastima, su vida es sustituible y además se convierten en un problema para su “patrón”. En consecuencia y siguiendo los dictámenes de sus leyes mercantilistas “Los desechan o los matan”. Queda así demostrado que “Las utilidades son más importantes que el utilizado”.
Mil millones de personas en el mundo viven en la pobreza; otro tanto en la indigencia. Once millones de niños mueren cada año de hambre; cada cinco segundos una persona muere por causas relacionadas con la desnutrición.
En Colombia, un país enclavado en los Andes americanos veinte mil niños mueren cada año de física hambre y quince mil más por consumir agua no potable. Hoy más que nunca son válidos los pensamientos de Tolstoi: “Debe valorarse la opinión de los estúpidos: están en mayoría”. Son esas mayorías las que imploran con desesperación un milagro para su infortunada vida; un boleto de lotería o un cambio intempestivo de suerte. Pero por cada uno de ellos que se salva, son miles los que caen en desgracia.
Ante estos hechos reales y la esperanza de las personas Dan Barker con profunda ironía opina que “La verdad no demanda creencias. Los científicos no unen sus manos cada domingo, cantando “¡Sí, la ley de gravedad es real! Creo en mi corazón que todo lo que sube tiene que bajar. ¡Tendré fe! ¡Seré fuerte! ¡Amén!”. Si lo hicieran, pensaríamos que no están bastante seguros de ello…”. Albert Einstein fue más elocuente al expresar: “Si ese ser es omnipotente, entonces cada ocurrencia, incluyendo cada acción humana, cada pensamiento humano y cada sentimiento y aspiración humana también es su obra; ¿cómo es posible pensar en hacer responsable al hombre por sus actos y pensamientos ante tal Ser todopoderoso?”. Para qué un Dios que ni siquiera es capaz de hacer un hombre justo o una sociedad equilibrada. Tal vez la respuesta ya fue pronunciada: “La idea de Dios implica la abdicación de la razón humana y de la justicia humana; es la negación más decisiva de la libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud de los hombres, tanto en la teoría como en la práctica” (Miguel Bakunin).
La Organización Oxfam Internacional declara públicamente que la crisis económica en el tercer mundo hace que 100 personas caigan en la pobreza cada minuto. En el mundo ya son más de mil millones las personas que pasan hambre; millones de seres que se ven forzados a vivir con menos de 85 céntimos de euros al día. Hombres, mujeres, niñitas e infantes que mueren inmisericordemente en los suburbios de los países tercermundistas mientras en la otra esquina se vive la euforia de una economía fuerte y ventajosa.
Como entender que una vaca recibe en algunos países un subsidio estatal doscientas veces superior al que recibe un niño en cualquier país suramericano o africano; que cada segundo sea un genocidio superior al experimentado en los campos de concentración Nazi; que cada minuto supere en dramatismo y desolación los campos de exterminio denunciados una y otra vez en seriales y documentales.
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