Decían los abuelos

 
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Puedes matar todo, pero no puedes matar el alma, y también decían, que quien pretende matar la esperanza pretende matar la fe; es decir: que la fe y la esperanza serían lo mismo, porque matar una significa matar la otra y que sin fe no hay esperanza, y/o viceversa. En cuanto a lo primero. La gente común siempre se ha interrogado sobre la naturaleza del alma, pues no sabe si ella y él son lo mismo; algo en lo que los diccionarios —especialmente nuestro mentor más apreciado: el pequeño Larousse ilustrado (1977)— y los escritores de vidas de santos antiguos no dirimen mayormente. Para los primeros la cosa se resuelve en un “ACERCAMIENTO ACEPTABLE” y para los segundos es la morada del espíritu, pero la naturaleza del alma no va mucho más allá ya que finalmente espíritu y alma se funden en un todo. De los padres Católicos Apostólicos Tridentinos no podemos esperar mucho, porque ya son muy escasos y difíciles de ubicar. Los otros son peor, porque uno ya no sabe ante quién está, si ante un buen sacerdote o ante un lameculos del cerdo ese que metieron al Vaticano; porque estos últimos son yerbas venenosas: seres infernales que solo pretenderán convertirnos en lameculos del cerdo del Vaticano.



Decían los abuelos

Apuntemos en esto, que la base de lo Sagrado por obligación tiene que ser verdadero, que sin verdad no puede haber nada Sagrado y que entonces el alma obligatoriamente tendrá que ser la verdad.
Pero, si es así, ¿entonces qué sería el espíritu?, porque siendo la verdad el alma, entonces el espíritu necesariamente tiene que ser el conjunto de las virtudes, de las fortalezas activas del alma. Digamos que el alma serían las raíces que nutren el árbol, y el espíritu la frondosidad que somos en este mundo; la fuerza, el vigor nuestro es el alma, la fe, que como dijimos antes no puede ser, no puede existir si no hay verdad ahí.
Dicho de otra manera: el hombre, la persona que no tiene verdad en su corazón carece de alma. Podríamos traer a este punto la historia de Little John; pero sería muy engorroso hacerlo; aunque quienes hayan leído sus aventuras seguramente intuirán de qué se trata. ¡Ah! Y no me sugieran preguntarle a los discípulos del cerdo del Vaticano, o a ese mismo maldito, porque sería como preguntarle al diablo si es malo o bueno o si los que creemos en Dios estamos bien o mal encaminados, ese miserable es como el que vende leche adulterada: nunca reconocerá que lo hace.

Pero en torno a todo ese tema hay un par de hechos que nos vienen de perlas citar: la relación entre filósofos y sofistas.
El filósofo como se define, es una persona que busca la verdad de las cosas, y que por tanto es un defensor de ella, ya que sabe que sin ella no se puede construir nada.
El sofista, “HACEDOR/FABRICANTE DE VERDADES”, en realidad no es nada, es un ser en el que el respeto a la verdad no existe, para él la verdad no es sino un estorbo para sus propósitos ya que lo único que le importa es lograr engañar para meter todas las infamias que le dejen réditos. Por lo mismo el sofista es un ser injusto y carente de moral, o de ética si de lo que se trata es de “VIVIR” en este mundo. Es un ser perverso en toda la extensión de la palabra —los HPs de las cortes en Colombia— .
Queda claro pues que la persona respetuosa de la verdad ES un descubridor, porque esta se descubre, el infame, la persona perversa, es un haragán mental: que como le da pereza TRABAJAR (.) ¡Anda inventándose “VERDADES” a diestra y siniestra. ¿Y qué es “INVENTAR VERDADES”? —ahí no hay vuelta de hoja: ¡toda verdad INVENTADA es una mentira!— . Y como precedente a esto, hemos dejado allá atrás —hace unos meses— un punto al caso.

Buen día.
Miércoles, 30 de agosto de 2017.
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