ANALISIS DE LOS POSTULADOS DEL CRECIMIENTO RESPONSABLE Y EL DECRECIMIENTO

 
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ANALISIS DE LOS POSTULADOS DEL CRECIMIENTO RESPONSABLE Y EL DECRECIMIENTO

*Por Carlos Eduardo Lagos Campos.

Con ocasión de la propuesta del decrecimiento, el programa Sapiens del Centro de Pensamiento libre-CPL, invitó a los expertos: PhD Serge Laurens desde Lyon Francia, el Historiador Jorge Enrique Esguerra y la Comunicadora social Laura Cala experta de la Javeriana; quienes abordaron la temática desde varios ángulos:
El PhD Serge Laurens plantea la temática no debe plantearse desde una posición binaria sino de fondo, para lo cual comenzó diciendo que es importante reflexionar sobre una coletilla que le sale al tema y es si igual la responsabilidad de los países desarrollados (Enriquecidos) a la de los países en vía de desarrollo (Empobrecidos), ese fue un dilema que se planteó inicialmente en la cumbre de Paris, donde se firmó el gran acuerdo sobre cambio climático haciendo compromisos económicos, de transferencia de tecnología, de asesoramiento, creación de fondos, unas moratorias, en fin; para compensar precisamente este ajuste, para de esta manera se acogieran todas la medidas propuestas en este acuerdo; luego aquello ha derivado en lugar de financiar y establecer corresponsabilidad en políticas de mercado y productos financieros, de los cuales uno de los más emblemáticos son los derechos a contaminar y de esta manera los países más contaminantes le compran a los menos contaminantes lo que le falta para lograr la media establecida, reduciendo esto a un problema contable, luego surgen los swaps que corresponden a un acuerdo de intercambio financiero en el que una de las partes se compromete a pagar con una cierta periodicidad una serie de flujos monetarios a cambio de recibir otra serie de flujos de la otra parte. Estos flujos responden normalmente a un pago de intereses sobre el nominal del 'swap', todo esto ajustado a la temática de contaminación ambiental, o sea cambio de ecología por deuda.
Cualquier propuesta a futuro debe estar acompasada por la complejidad por que no se trata de estar en pro o en contra sino de realizar un análisis complejo de la problemática, hay un hecho que debemos tener en cuenta y es que todo ser vivo depende de la energía, y nosotros encontramos la principal fuente en los hidrocarburos, por lo que todo nuestro modelo energético se produce con base en estos elementos por lo cual la interdependencia de estos producto es generalizada, a lo cual debemos tener en cuenta que el costo marginal de estos productos es cero, no obstante son productos no renovables por lo que surgen ideas como la ecología política, como hacemos más eficaces las cosas con los productos que tenemos, otra tesis es la del crecimiento limitado, pero el PIB es consecuencia directa de consumo de energía y por lo pronto no hemos encontrado una energía de este rendimiento, pero también es cierto que debemos irnos adaptando a las nuevas energías renovables, la idea no es retroceder al pasado, sino consolidar otros modelos de economía social, y de mercado que nos abran otras fuentes diferentes a esta única visión de pensamiento, que debe combinar lo productivo con lo social y ecológico respetando nuestra casa común que es el planeta. Esto no obedece a una idea romántica sino a postulados nuevos que abren un debate sin limitarse a cánones de ortodoxia de ningún tipo, pero si regular socio ambientalmente los mercados. Esto no es debate nuevo se vienes tratando desde hace más de cincuenta años, donde decrecer no significa volver al pasado sino ajustarnos a la realidad que impone la propia limitación de los recursos no renovables.
Si nos ceñimos a un modelo devastador o consumista sin devolver nada a cambio estamos rebasando las complejidades del planeta en una evolución de más 4.500.000 de años, si paráramos la maquina el daño ya está hecho por lo que esta situación nos impone tomar medida que no arriesguen los futuros, ya estamos pagando las consecuencias de estos excesos y es preocupante que las alternativas como el hidrogeno verde no estarían listas antes del año 2050, solo para uso industrial, debemos aprender a cerrar los ciclos de naturaleza.
La conclusión del informe de Donella Meadows, en 1972 fue la siguiente: si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años: El debate queda abierto, es complejo pero debe ajustarse a cada uno con una carga de responsabilidad de los países más contaminantes, sin caer en los productos verdes financieros como los certificados de carbono que lo que hace es enriquecer a los de siempre; entonces la dualidad estaría en si volvemos a un pasado o nos imponemos un sobriedad productiva sin sacrificar una idea de progreso produciendo lo útil. En conclusión o repensamos el modelo productivo de nuestras sociedades o la realidad nos impondrá ese resultado a la fuerza, por lo que el gran desafío está en realizar actividades productivas que satisfagan las necesidades con un menor impacto.
Por su parte el Historiador Jorge Enrique Esguerra habló del Crecimiento Responsable, ponencia que luego fuera publicada en el portal de Cedetrabajo: Una de las polémicas más fuertes en este primer mes del gobierno de Gustavo Petro se ha centrado en las declaraciones de la ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, con relación al futuro de la producción energética nacional. Y como estas las ha enmarcado dentro del ideario del decrecentismo, teoría que respalda la crítica del paradigma del crecimiento económico, me voy a referir al nexo que puede existir entre esa concepción filosófica con lo que propuso Gustavo Petro en campaña, así como con lo que la misma ministra está diciendo. Es decir, que esa teoría del decrecimiento, que comparte Petro, según lo dijo él, desde que la aprendió en Bélgica cuando fue agregado de la embajada de ese país en el gobierno de Samper, coincide con el plan de este gobierno en temas minero energético y ambiental.
Por eso, lo primero, hay que señalar que la ministra no es una rueda suelta en el engranaje gubernamental. Que a pesar de que en realidad han existido roces con el ministro de Hacienda en el sentido de que este ha dicho que “hay que seguir exportando petróleo y buscar más gas”, hasta ahora se impone la visión de Petro, que coincide con la de Francia Márquez y su lema “para vivir sabroso”, en total sintonía con las teorías posmodernas. Es más, la ministra es tal vez la única cuota de la vicepresidenta en el gobierno, por su lucha conjunta en el Valle contra los estragos de la minería. Aquí hay que reconocer el desastre de la política minera de todos los gobiernos que han antecedido a este. No me detendré en este aspecto que es de todos conocido, y que ha afectado gravemente a las comunidades y al medio ambiente. Por eso, la discusión no está en la continuidad de esa política, sino en cómo se debe cambiar.
Lo segundo, está demostrado hasta la saciedad el enorme daño ambiental ocasionado en el mundo por los gases de efecto invernadero (GEI), tópico que tampoco me detendré en demostrar, solo decir que es necesario realizar una transición energética que reemplace la que consume recursos fósiles, por otra basada en renovables, como también que el control debe ir en la dirección de preservar los recursos y los ciclos del agua, para lo cual hay que combatir la deforestación, la erosión del suelo y mitigar la crianza animal.
Aquí es necesario, entonces, esclarecer cuál es la responsabilidad que le cabe a los países en esa tarea. Porque no es la misma la que le corresponde a un país industrializado, que produce grandes cantidades de CO2, porque crece sin medida y es un victimario del calentamiento global, a un país con escasísimo desarrollo industrial como Colombia, que solo produce el 0.4% de esos gases a nivel global y es una víctima del desastre ambiental. Esto es clave porque en la concepción del presidente y de su ministra de Minas parece no existir esa diferencia, como si no hubiera líneas divisorias entre potencias y países empobrecidos. Ya hemos oído a Petro en campaña, basado en los datos del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), exclamar lo siguiente: “No soy yo el que digo que el petróleo y el carbón lleguen a su final, es el mundo”,[2] para justificar su posición en el sentido de dejar de explorar y exportar esos recursos fósiles, a los que la ministra ahora le agregó el gas, acotando que si este se acaba será importado desde Venezuela, argumento que comenzó la crítica a su gestión ante lo desacertado e irresponsable de su propuesta.
De ahí viene la teoría del decrecimiento de Petro (la personalizo porque su interpretación es fiel a lo que propone) que proviene de lo que se propuso hace 50 años en los países desarrollados dentro de la corriente posmoderna, como alternativa para afrontar la crisis de la modernidad. Lo inicuo es que, mientras esos países, que son los principales responsables de la crisis, que nunca la acataron y se negaron a hacerlo por ser fieles al modelo depredador monopólico, Petro la asuma como responsabilidad mesiánica global, poniendo al país en el mayor de los riesgos económicos posibles: el DECRECIMIENTO, entendido como la negación del extractivismo, pero renunciando a los recursos que sirvieran para la producción alimentaria y manufacturera, sin aclarar cómo los reemplazará (hace 4 años habló de los aguacates y desistió porque fue la misma propuesta de Duque, en campaña dijo que por turismo, le llovieron críticas, por lo que resolvió decir que parcialmente, pero no volvió a pronunciar palabra). Y si le sumamos los costos de la necesaria transición energética, además de los que se derivarían del anuncio de importar gas de Venezuela (o de Estados Unidos), en plena depresión mundial, con inflación creciente, crisis alimentaria global e intensificación de la guerra, la situación pinta catastrófica. Y mientras eso sucede, matonean a la ministra porque se equivoca en las formas.
Lamentablemente dependemos, lo que no debería ser así, de los ingresos que provienen de la exportación de carbón, gas y petróleo, de los que más de la mitad de esos ingresos (el 54%) hacen parte del total de las exportaciones. Pero no es lo mismo ser un país oferente de esos recursos fósiles, a ser demandante de los mismos, porque si Colombia deja de explorarlos y de exportarlos, los países que los necesitan conseguirán otro proveedor y no se resolverá un ápice el problema global del cambio climático. Con el agravante de que nos veremos abocados, igual como lo presiente la ministra, a importarlos no solo de Venezuela, sino de Estados Unidos, y si es petróleo, ya no crudo sino refinado. Los costos de semejante ocurrencia, que parece sacada de la manga, serían incalculables.

Petro ha dicho que eso lo resolverá con la transición energética, en la que ha puesto todo el énfasis. Y afirma que como las reservas de petróleo son de 12 años, en ese tiempo es factible hacer la transición a energías renovables. Pero la Agencia Nacional de Hidrocarburos y el Ministerio de Minas y Energía presentaron, en junio de 2021, la cifra de las reservas de petróleo en 6,3 años y en 7,7 años las de gas. Además, como lo expone el director de Cedetrabajo, Enrique Daza, en Las2Orillas, un reciente estudio de Fedesarrollo analiza cómo la transición en Colombia debe regirse por parámetros distintos a la de los países desarrollados y, además de los altísimos costos que requiere, “Durante dos décadas por lo menos, no puede esperarse que toda la energía se electrifique, ni que toda la electricidad se produzca con energías renovables poco densas e intermitente.
Miremos en la historia el problema de esa fatal dependencia y especialización de Colombia en la explotación de recursos no renovables. En los trescientos años de coloniaje, en que España impuso el monopolio comercial basado en el saqueo del oro, a cambio de productos manufacturados europeos, la dependencia de esa exportación extractiva, típicamente colonial, fue la que profundizó el rezago en todos los renglones productivos del virreinato. Con la Independencia y la supresión de ese monopolio, todavía el oro siguió siendo el recurso principal de la República hasta casi un siglo después cuando, fruto de la creación de las nuevas redes de mercados agropecuarios, se consolidó la producción cafetera para la exportación. Por eso, a principios del siglo XX, por primera vez en su historia, nuestro país logró que un recurso agrícola, el café, se constituyera en el principal renglón exportador superando a uno de origen extractivo. Y durante casi todo ese siglo se mantuvo ese monocultivo como el recurso más importante de ingresos, pero también generador de empleo y seguridad alimentaria para miles de familias. Hasta que se impusieron las políticas neoliberales que impusieron el libre comercio, acabaron con el Pacto Internacional del Café, auspiciaron la producción global del grano en países asiáticos y africanos, bajaron los precios externos e introdujeron por primera vez una crisis permanente en la producción cafetera nacional. Esas políticas estuvieron acompañadas de un mayor perfeccionamiento de la división internacional de la producción, en la que los países pobres fueron sometidos a producir exclusivamente productos primarios, principalmente de origen extractivo, mientras los industrializados se reservaron la producción elaborada con valor agregado. Por eso se perdió, hacia 1995, lo conseguido casi un siglo antes con uno agrícola. Pero ya no fue solo el oro, sino el petróleo y el carbón los que se convirtieron en los principales recursos exportables. Y con la apertura y los TLC se comenzó a perder la soberanía alimentaria y lo poco logrado en manufactura en el siglo XX. Bien lo remarca el historiador y hoy ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, cuando afirma que con la apertura “los perdedores fueron la industria manufacturera y el sector agropecuario”. Esa es la lamentable situación en la que hoy nos encontramos. Y si estamos hablando de decrecimiento, son precisamente las políticas neoliberales las que están propiciando el decrecimiento económico de países como Colombia desde hace más de 30 años, en beneficio de los monopolios y el capital financiero internacional.
Porque ante la afirmación que se ha querido propagar en el sentido de que es el crecimiento económico el que produce consecuencias en el medio ambiente, surge la pregunta: Los formidables avances en la ciencia y en la tecnología, que han potenciado la industrialización, ¿son los responsables? Si la respuesta es SÍ, entonces dejemos a un lado la ciencia y la tecnología, paremos la industrialización, ¡DECREZCAMOS! Al contrario, ¿no será acaso que esos avances civilizatorios, en tanto universales, han sido un instrumento de un modelo económico que está basado en la máxima ganancia que ha llevado a afectar a la sociedad y a la naturaleza? Entonces, tenemos que concluir que la contradicción fundamental está es en el modelo económico y no en el instrumento que es la técnica. Pero claro, tal como lo afirma el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila, “Las catástrofes naturales devastan una región menos eficazmente que la alianza de la codicia con la técnica”.

Y lo más grave, ese modelo, que es el capitalismo, que hoy corresponde a la era monopolista o financiera (capitalismo salvaje), concentra todo su peso en la expoliación de los recursos de los países que llegaron tarde o no llegaron al desarrollo, es decir al conocimiento, a la ciencia, a la tecnología, a la industrialización y a la creación de riqueza. Por eso, la contradicción se centra en esa relación desigual y de sometimiento entre las potencias y sus patios traseros, así Biden haya dicho, para despistar incautos, que son los delanteros. Así diseñaron la división internacional de la producción y el trabajo: ellos se dedican a la industrialización y el Tercer mundo a proporcionarles las materias primas, ellos a crecer y los nuestros a decrecer.
Entonces, la contradicción fundamental que hoy afronta el mundo no es la que se pretende hacer evidente entre crecimiento económico y preservación ambiental, entre industrialización y cambio climático, sino aquella donde se concentra, es decir, en la frontera que las políticas neoliberales han puesto entre las potencias que crecen y los países dependientes que decrecen. Esa frontera cada día más convertida en muro (muchas veces físico), impide el paso de millones de desplazados inmigrantes, pero que se basa, paradójicamente, en la libre circulación de mercancías que no tienen fronteras, en beneficio de las grandes multinacionales y también de los capitales financieros que son los que tienen menos barreras para su penetración depredadora en los países pobres, en los que la sumisión de los sectores intermediarios financieros las propician. Esa contradicción, que parece no querer ver el gobierno porque su postura está sustentada en los lineamientos del FMI y la OCDE y no en mostrar alguna resistencia ante ellos, ni mucho menos en renegociar o denunciar los TLC, entonces se enfoca en teorías como la del decrecentismo, que en últimas respalda las políticas neoliberales. En otras palabras, a estas políticas les cae como anillo al dedo el decrecimiento que se plantea, porque va en la línea ideológica que viene imperando sin cambios desde hace 30 años.

Por eso, es un contrasentido la afirmación de Petro, “vamos hacia una economía productiva, no extractivista”, porque esa economía productiva solo se logra si se remueven los obstáculos que la han entrabado, que son precisamente las políticas de libre comercio consolidadas con las imposiciones de los organismos internacionales de crédito y los TLC. Y, hasta el momento, no existe ninguna intención del gobierno en este sentido, pero sí en parar la economía extractivista en seco. Es decir, no se atacan las causas de la crisis, pero sí se da un paso irresponsable en acatar al pie de la letra lo que dice el mundo: “que el petróleo y el carbón lleguen a su final”.
Por eso, debe insistirse, la función y la responsabilidad de los países debe ser diferente ante la crisis ambiental y alimentaria, según su destinación en esa división internacional impuesta mediante las políticas neoliberales. Lo que se debe hacer es propugnar por el crecimiento, pero con responsabilidad. Es decir, cambiar las formas como se ha propuesto la relación entre minería, medio ambiente y economía, pero sin dar un salto al vacío irresponsable. Un cambio en las formas desastrosas como se ha venido manejando la cuestión minero energética, sin renunciar a explorar responsablemente los recursos que tenemos. El exsenador Jorge Enrique Robledo lo ha sintetizado así: “minería sí, pero no así”.
Desde otra perspectiva la Comunicadora social Laura Cala analiza que el capitalismo como sistema económico hegemónico nos ha impuesto la idea del crecimiento como el ideal y la medida del bienestar, la riqueza y el progreso. Así, crecer se convierte en un imperativo para los países, empresas, pero también para los individuos. El crecimiento se presenta como una línea continua y ascendente, que parece no tener fin. Año tras año, nuestras economías personales, familiares, empresariales y nacionales deben por lo tanto, crecer, para estar mejor. Y el mundo se ha desbocado en una frenética carrera por crecer, como si esto garantizara la felicidad y el buen vivir.
Pero, la realidad es diferente. Aún el crecimiento aparentemente sostenido no garantiza mejores condiciones de vida para las poblaciones.
Centrándonos solamente en el aspecto económico del crecimiento, el fallo del modelo deja ver que es imposible crecer al infinito en un planeta finito, con recursos limitados y con "mercados (o consumidores) reducidos.
Esta idea de que es necesario y suficiente mantenerse "creciendo" ha incentivado dos valores: la competencia y el hiperconsumo. Competencia entre individuos, empresas y países. Competencia a muerte por los recursos, por la eficiencia, por los clientes. La competencia como valor primordial del desarrollo. No es posible crecer sin competir. Sin embargo, competir desde esa lógica implica que hay ganadores y perdedores. Mi crecimiento a costa de que otros "decrezcan", de que otros pierdan.
Para poder mantener la competencia y que haya para "todos", la solución ha sido el consumo. Más "clientes" que aumenten nuestras ganancias y nos mantengan en la línea ascendente del crecimiento. Hiperconsumo que agota los recursos y que contrario a lo que pensaríamos, nos deja siempre insatisfechos.
Como resultado de la aceleración, que acompaña el crecimiento, la competencia frenética y el hiperconsumo, hoy tenemos una crisis social y ambiental, que nos tiene en el borde de colapso. Desigualdad, condiciones de vida cada vez más indignas y una inminente crisis ambiental que ya hace sentir sus efectos.
Entonces, aparecen voces que hablan de descreimiento y se crea la controversia. No es posible, pensar en no crecer, solo es necesario hacer los ajustes y correctivos al modelo, señalan quienes ven en peligro el sistema durante tanto tiempo construido.
Pero lo que parece estar surgiendo es un cambio de paradigma. La competencia, el hiperconsumo se resquebrajan, y cada vez son menos posibles de sostener. Cambiar el paradigma implica que el crecimiento económico deje de ser la medida de la riqueza de las poblaciones y del bienestar humano, porque realmente nunca lo ha sido. Cambiar el paradigma nos invita a dejar el concepto de la competencia por la colaboración y la solidaridad. Ya las nuevas revisiones de las teorías evolutivas, nos muestran que las especies que sobreviven no son las que tienen individuos más fuertes sino las que desarrollaron estrategias de adaptación y colaboración. Que lo que permitió que el homo sapiens se convirtiera en la especie dominante no fue su fuerza individual o resistencia, ya que más bien somos una especie animal bastante vulnerable biológicamente. Fue la capacidad de actuar colectivamente, la colaboración, la que nos permitió "crecer".
Hablar de decrecimiento por lo tanto, no se trata de ser más "pobres", ni de renunciar a la tecnología, la ciencia o el conocimiento o de ponerse al final de la fila de los países desarrollados. Decrecer es cambiar el paradigma que nos ha impuesto competir y obtener ganancias a costa de los recursos finitos que compartimos globalmente. Qué tal si pensamos decrecer como una oportunidad de reconfigurar nuestras relaciones con el planeta y entre nosotros para dejar de medir el bienestar humano en una línea ascendente e infinita imposible. Encontrar otras metáforas del desarrollo donde la felicidad se mida menos en términos de posesiones materiales de lujo y más en condiciones de seguridad alimentaria, salud, educación y convivencia que sean respetuosas, colaborativas y equitativas.
Un cambio de paradigma que no nos enseñe a competir, sino a cuidar. Aunque parezca ilusorio, ya hay muchos ejemplos que muestran que cambiar el paradigma es posible y construir otras formas de vivir, sin renunciar a los avances alcanzados. Puedes decir que soy una soñadora pero no soy la única, advirtió.
Analizada esta problemática en amplitud quedan planteados estos dos interrogantes Decrecer o crecer de manera responsable, por favor saquen sus propias conclusiones.

*Presidente Centro de Pensamiento Libre.
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