Ya es festivo, hoy tendré a mis padres, (a los dos), conmigo

 
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 Ya es festivo, hoy tendré a mis padres, (a los dos), conmigo


17 enero 2022

- Esa era una de las máximas alegrías de los niños de los 50 y 60, (la que propone el título), ahora la cosa no parece ser así. Ahora, en todas partes, la cosa ha cambiado tanto que se podría decir que es como si estuviéramos en una de esas películas americanas de los 80 donde la alegría de los niños es la de encontrarse con su mamá, su papá y los respectivos consortes de ambos, con, a su vez, los hijos de aquellos y éstos con sus respectivos hijos y exconsortes de otros matrimonios anteriores. Una estampa familiar inenarrable, siempre al pie y alrededor de una gran Barbacoa en la que uno de los afortunados padrazos se encargaba de achicharrar los chuletones.

- Pero aquí las cosas y en estos tiempos no son igual, las relaciones padres e hijos, son distintas:

“Qué simpático es el marido de mamá y no como tú, Papá"
“Mira mamá, si no me dejas salir de noche me iré a vivir con mi padre”
“Papá: Cárgame el móvil que Mamá dice que ya está harta de mi”
“Tú no eres nadie para decirme a mí lo que tengo que hacer, tú no eres mi Mamá”

- Verás, todo esto que siempre que lo cuenta alguien que tiene más de 60, resulta, en opinión de los jóvenes, que son “Cosas de gente antigua, que despotrica de la juventud actual, no le hagas mucho caso”. Pero esto no tendría nada de malo si no fuera porque, por lo menos por aquí, eso no es así, por aquí la situación es brutal e ininteligible para muchos de los que nacimos en los 40, 50 y 60. Cambió el trato relacional entre padres e hijos de forma alarmante. Quizás debiéramos hacer, (como ya he dicho), como se lo hacían en las películas de los 50 y 60, (con el Bob Hope y la Doris Day en pantalla), cuando se juntaban todos los ex alrededor de un asesino de la carne a la brasa y todo eran sonrisas, abrazos y juerga familiar. Seguramente lo que nos falta es que no todos tenemos un chalet de las dimensiones y jardín, que se mostraban en esas películas.

- Por aquí la vida multifamiliar y enrevesadamente unida, solo es posible en el cine antiguo - me dice un viejo amigo al que consultaba como le iba el confinamiento de toda su familia por culpa de la Ómicron, (última variante conocida de la COVID-19), confinamiento que, al aprecer y según mi amigo, está obligando a las parejas a "conocerse mejor" y por tanto empiezan a estar, la mayoría, al borde de suplicar el tercer divorcio.

- Ese mismo amigo, hace un par de años, (justo antes de la pandemia que comenzó en Marzo del 2020), y de modo muy ácido, me decía que nunca hubiera imaginado que sus hijos les quisieran tanto pues, los tres divorciados, (dos chicas y un chico, ahora cuasi cincuentones), han decidido irse a vivir con ellos, dos en su casa de Madrid y otro, que es otra, en su casa de la Playa de San Juan), y todo a gastos pagados.

- Pero volvamos al asunto principal. Está claro que eso de: “cómo ya no nos queremos lo mejor será dejarlo amigablemente” y el “ tú te quedas con la niña y el piso de la Playa y yo con el coche y el chalet de Arganda”, eso no es así.

- Las separaciones, por aquí, son siempre traumáticas, llenas de odios, egoísmos, desprecios, desconsideraciones y lucha a muerte por la posesión de los bienes y por la tutela de los hijos, hasta tal punto que nada puede ser tan horrible para la cultura familiar de los nuevos optantes a emparejarse, como tener que soportar esa etapa de la separación de sus padres en la pubertad o en la niñez, pues cada vez es más corta la relación de la pareja estable, según se aprecia en las estadísticas.

- Observando la estadística más cercana, diré que en 2020, en nuestro país, se registraron 335.563 matrimonios y 92.739 divorcios, es decir, por cada 100 matrimonios ocurrieron 27,6 divorcios

- Revisando el modelo de sociedad en la que estamos instalados, vemos que está en crisis total. Apreciamos que los tres puntales de nuestra civilización, “El Contrato, La Religión y La Familia”, están agonizando. Algo tendremos que hacer, aunque de momento bastaría con que nos concienciáramos de ello y de que tener pareja estable es, desde luego, un acto simbólico y real de afinidad sentimental, lo más cercano a lo que algunos todavía llamamos amor, pero es también un acto de asunción de responsabilidad y de cierto altruismo que se convierte en sublime, cuando esa relación produce los frutos naturales que son esa riqueza que aportan los hijos a la misma. No debiéramos nunca olvidar esa riqueza, a veces por encima de otras consideraciones.

- Pienso, y veo, que las roturas, no son siempre una cuestión de desamor, es casi siempre un acto de inmadurez y puro egoísmo de una sociedad que se ha encaprichado en trivializar las normas, las formas y las costumbres de los humanos, que, mientras no se diga lo contrario, somos la especie animal más racional, aunque nos empeñemos en lo contrario.

- No debiéramos nunca olvidar esa riqueza, la de tener esas criaturas que nos aportan las relaciones de pareja, a veces por encima de otras consideraciones.

- De momento, hoy podríamos empezar por escucharlos y escucharnos, un ratito y a poder ser, como no, hacer que las comidas, cenas y desayunos, sean un acto de conciliación familiar, de charla, de consenso y de ... conocerse, como lo fue siempre en tiempos pasados.

- Cuidaros mucho, y recordad siempre esa frase de Balzac que tanto me gusta repetir: “Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso”


Fuente: etarragof.blogspot.com
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