Éramos felices y no lo sabíamos

 
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 Éramos felices y no lo sabíamos


Solo en mi habitación mientras me secaba luego de una ducha, me senté en la cama a pensar. Luego de meses encerrado, habituado a un confinamiento que he aprendido a soportar, donde da igual si es sábado o martes, reflexioné sobre cómo nos ha cambiado la vida. Hemos perdido algo tan humano como la cercanía, el delicioso tumulto, caminar en una calle atestada de gente, ir a un bar repleto o a un restaurante lleno y sentir esa agradable sensación de proximidad con el otro, sensación que muchas veces rechazábamos.

Sentí ganas de ir caminando hasta un restaurante árabe a gastarme la plata no tengo, saborear una buena comida y seguir sin afán a ver las vitrinas de las tiendas de esa curiosa moda urbana bogotana sobre la Séptima con cincuenta y cuatro, luego pasar a algún barsucho de rock de esos de la Trece, tomarme un par de cervezas observando personajes curiosos hablar estupideces interesantes y de pronto, quizá, conocer a alguien con quien hablar de algo, de cualquier cosa. Luego ir a alguno de esos bares bizarros de Bogotá donde ser normal es lo anormal y simplemente disfrutar al ver cómo la gente se deleita con la música. Finalmente regresar a casa en un taxi feo con un delicioso hedor a guardado en medio de un trancón a la una de la madrugada luego de una noche de viernes. Éramos felices y no lo sabíamos.

Pero todo eso lo hemos perdido, perdimos esa vida social que por superflua y frívola que fuera era deliciosa. Me vestí, me puse cualquier cosa, qué más daba. Me senté en el compu a trabajar un rato pero en el fondo sentí un profundo amor por Bogotá y extrañé esa ciudad insegura, congestionada, de gente afanada y malhumorada pero también esa ciudad de miles de restaurantes interesantes e innovadores hoy cerrados, esa ciudad de los teatros, de la ciclovía de los domingos llena de gente que que cree que hace deporte; esa ciudad de las universidades cercadas por bares, esa ciudad diversa, tolerante y vanguardista; esa ciudad con su propia moda irreverente y sus bandas de rock; esa ciudad de costeños, caleños, boyacenses, negros pacíficos y venezolanos que han venido a hacer su vida; esa ciudad de rayos de sol que al terminar la tarde chocan con las casas y edificios ocres de Teusaquillo; esa ciudad de los cafés donde va gente a hacer nada o esa ciudad donde en cada esquina de barrio hay una panadería o una peluquería; esa carrera Séptima llena de ventas raras en el piso que nunca se venden pero que siempre están ahí, y sobre todo, extrañé esa Bogotá de jóvenes inconformes y dignos que tanto me enorgullecieron hace poco cuando llenaron las calles y que hoy están encerrados.  La verdad tuve una rara sensación como si el mundo se estuviera acabando de a pocos y no nos diéramos cuenta, lloré un poquito y seguí trabajando.

Sé que esta es una descripción chapineruna del confinamiento y que nada tiene que ver con la gente del sur que está mortificada por tener que irse a dormir con hambre, y que su angustia no es tan simple como no poder hacer nada un viernes en la noche, pero esta es la pandemia que me tocó vivir. Con esta gente empobrecida y condenada a la miseria hoy siento más proximidad que nunca y me da mucha pena que la pandemia nos haya cogido con esta sociedad desigual de mierda.

Dicen que “nada volverá a ser igual”, pues la verdad no lo creo, pienso que esto pasará y todo volverá a ser como antes, aunque primero vendrá una crisis económica peor que la pandemia, sé que Bogotá volverá a ser esa ciudad que hoy extraño.

@GabrielPacheco
Miembro de número del Centro de Pensamiento Libre

Crédito de la foto: Twitter de Sergio Montero @sergemont
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